—¿Cuándo fue la última vez que lo vio?
La voz de Angélica era clara pero dulce, y sus ojos azules reflejaban la enorme ventana del nuevo y aún incompleto edificio. Daba a las hermosas e interminables montañas.
—Eso ya se los dije la otra vez.
La sonrisa del testigo incomodó a Angélica, que no resistió y dirigió la mirada a las montañas. Aún no estaba construida la sala de interrogatorios, por lo que estaban en las cómodas sillas de la sala de juntas.
—No se moleste por la pregunta de mi compañera. Verá, en casa, cuando algo se pierde, en la angustia por encontrarlo, buscamos de modo desordenado. Hemos descubierto que obtenemos resultados cuando intentamos recordar la última vez que lo vimos.
Era la primera entrevista en la que participaba Gael. Estaba entusiasta. El testigo suspiró y asintió, pero dejó de sonreír.
Angélica miraba las montañas. Lo hacía desde niña intentando imaginar cómo era esa tierra hermosa y paradisíaca de la que habían venido sus abuelos justo antes de aquel terremoto.
—¿Verdad, Angie?
—Así es.
El testigo alzó la mirada y se acarició el mentón, poblado de una barba cerrada.
—Tuvimos aquella reunión familiar…
—¿La del altar?
—Sí, esa. Y luego no lo vi más.
—¿A qué hora se fue de ahí? —Gael seguía feliz de aplicar lo aprendido.
Angélica estaba otra vez absorta en las montañas. Había escuchado el relato en voz de sus abuelos, y lo había leído en sus libros.
—Después de la comida.
Eso la alertó.
—Nos dijeron su hija y su sobrino que lo vieron hablando con su hermano justo durante la puesta del sol.
El testigo mantenía la calma.
—Ah, eso. Cierto. Hablé con él. Llevaba un tiempo proponiéndole un negocio y como siempre estaba fuera supervisando su ganado, quise aprovechar y lo abordé.
—¿Y llegaron a un acuerdo?
—Me dijo que lo pensaría.
—¿Y eso era bueno o malo para usted?
La mirada que el testigo le dirigió a Gael era como la de un padre que quiere reprender a un hijo adolescente. Angélica se apresuró a romper ese contacto:
—Olvídelo. ¿Después de hablar qué pasó?
—Él y los suyos se quedaron a dormir en lo de mi padre. Yo reuní a mi familia y nos fuimos.
—Al otro día toda la familia de su hermano salió hacia su propiedad. ¿Lo sabía?
—Sí. Padre me dijo que tuvieron que parar para descansar y que al despertar ya no lo encontraban.
—Así es. ¿Entonces usted ya no vio a su hermano después de eso? —Gael no sentía que todo estuviera claro.
—No.
Angélica se decidió a concluir la entrevista:
—Sólo para confirmar, ¿tiene alguna idea de dónde pueda estar su hermano?
El testigo alzó una ceja, sonrió y adelantó el cuerpo:
—¿Acaso soy su guardaespaldas?
Los agentes suspiraron y estaban a punto de ponerse de pie para despedir al testigo, cuando la puerta los sobresaltó. El teniente Bishop entró y se sentó justo frente al testigo.
—¿Entonces, no sabes nada del paradero de tu hermano?
—Ya les dije: ni que fuera su guardián.
Bishop desplegó tres fotografías en la mesa y se las pasó a los agentes para que terminaran ante el testigo.
—Encontramos el cuerpo de tu hermano en la parte más allá de su propiedad, donde comienza la Zona Inhóspita. ¿Sabes lo que esto significa?
El testigo examinó las fotos pero sin reaccionar.
—¿Que lo habrá mordido una serpiente?
—Que esta es ahora una investigación de homicidio. Las heridas indican que fue una ejecución.
El testigo se levantó.
—Sólo que lo haya “ejecutado” uno de sus borregos.
—Ojalá fuera tan sencillo —Bishop puso en la mesa una cuarta fotografía— ¿Tienes alguna relación con el grupo criminal de los Mahanes?
El testigo se detuvo en seco y miró la fotografía. Mostraba un anillo de metal grabado con dos letras M por fuera y con una inscripción por dentro.
—¿Reconoces ese anillo?
El testigo se puso pálido.
—Por supuesto que no.
Angélica notó que el testigo se frotaba la base del dedo anular. Bishop prosiguió.
—Se te ha visto con ese anillo en diferentes situaciones. Si el de la foto no es el tuyo, ¿dónde está?
—Seguro lo dejé en casa.
—Imposible. Debes llevarlo siempre. Nunca quitártelo. Son reglas de ese grupo.
—¿Dónde lo encontraron? —el testigo cedió.
—En la mano de tu hermano. Justo ahora estamos registrando tu propiedad en busca de las evidencias que probarán que lo mataste.
El testigo quiso salir violentamente, pero Gael y Angélica lo sometieron. Bishop le informó su situación:
—Caín Adams, estás bajo arresto por el asesinato de tu hermano, Abel Adams.
Un par de oficiales sacó a Caín para llevarlo a su separo.
—¿Qué dice la inscripción del anillo? —la curiosidad cautivó a Gael.
—No lo diré aquí. Buen trabajo, agentes —dijo Bishop, y salió.
—En una lengua profana, dice “Para matar y obtener lucro” —susurró Angélica. Lo leyó en uno de los tantos libros de su familia.
—Disculpa, ¿qué dijiste?
—Nada, que me gustaría haber conocido el paraíso detrás de las montañas.
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R. de la Lanza es un escritor s. u. d. mexicano. Su novela debut Eleusis (2016) obtuvo el premio a la mejor novela con temática mormona en lengua no inglesa en 2022, otorgado por la Association for Mormon Letters. Actualmente se dedica a formar nuevos escritores mediante el Taller de Formación Literaria ( patreon.com/FormacionLiteraria ).