Y no preguntes más…

 

«Non impedir lo suo fatale andare:
Vuolsi cosí colá dove si puote
Ció che si vuole, e piú non dimandare»

(No impidas su fatal andar:
así lo determinaron allá, donde se puede
lo que se quiere, y no preguntes más.
Dante Alighieri, La Divina Comedia, Infierno, Canto V, vers. 22-24)

Amaliel flotó entre esplendores a los que no estaba acostumbrado.

Apartó el aire denso como un velo que lo rodeaba para presentir en la lejanía el iridiscente Portal del Encuentro. Sentía temor y ansiedad…

 

Todo había comenzado eones atrás, cuando cumplía sus asignaciones en el Orbe junto a otros camaradas del Lucero Vespertino. Ya conocía bien la tarea, es decir, descubrir las debilidades y tendencias de las pobres almas que transitaban aquel mundo solitario y triste, y estimularlas a abandonar promesas que habían hecho antes de dejar el Hogar. Por supuesto, el Gran Olvido, que el Padre había decretado sobre todos lo que ingresaban al Orbe, les ayudaba enormemente a cumplir el trabajo. De ese modo, reconocerían que el Plan fracasaba, y volverían a considerar la propuesta del Lucero, la que había provocado aquella Gran Batalla y el Destierro.

En cada ocasión que descendían al Orbe, se topaban con los compañeros del Hermano Mayor, quienes, al otro lado del Límite, cumplían mandatos opuestos a los suyos. Ya los conocía a todos: Domiel, Adiriel, Mehiel. Con Sabrael había batallado duramente en varias ocasiones por alguna de las almas perdidas. En ciertas ocasiones los acompañaba también el arcángel Ofaniel… Había éxitos y fracasos en ambos bandos, pero, finalmente, triunfaría el Designio Maestro del Hermano Lucifer.

Algunos registros órbicos atrás, se le había asignado vigilar/controlar a una joven pareja que cumplía su transitar por el Mundo. Sus nombres terrenos eran Pablo y Eliza. Se habían casado recientemente y acababan de perder un primer embarazo. El dolor y la frustración eran palpables en sus vidas. Amaliel sabía muy bien cómo trabajar con el dolor, cómo estirar las cuerdas del alma hasta el límite. Muchas parejas se destruían al enfrentar desafíos. Eran, además, seguidores del Hermano Mayor y leían regularmente las páginas del Libro. Se transformaban, por tanto, en blancos especiales.

Entonces, había ocurrido algo inexplicable… Mientras Amaliel intentaba influenciar en sus ideas/voluntades, de pronto, los sentimientos de ellos penetraron con fuerza inusitada en su mente/corazón. Era algo para lo que no estaba preparado. Oleadas intensas de lo que Pablo y Eliza sentían el uno por el otro, por su hijo nonato y por el Hermano Mayor, recorrieron su ser con pasmoso poder.

No pudo recuperarse fácilmente… Algo se había roto en su interior. Retornó por su triste itinerario a las regiones infernales con menos esperanzas en el éxito del Designio Maestro.

 

Amaliel se encontró sentado en la oficina de su Inspector Superior, Rashiel. Las miradas flamígeras e inquisitivas que le dirigía no presagiaban nada bueno.

—¿Qué ocurre, Amaliel? ¿Ya no disfrutas de tus visitas al Orbe? Solías ser uno de mis mejores hermanos castigadores, pero tu rendimiento ha disminuido notablemente —el enojo casi podía palparse desde el escritorio sobre la elevada plataforma.

—Nada… yo simplemente me pregunto acerca del hombre…

—¿El Hombre? ¿Esa pequeña burbuja en el fango, ese alboroto en el barro que no significa nada? ¿Esa cosa, ese Adán, ese Edomita, como alguien justamente lo ha definido?

—Sí, pero…

—Tu función no es preocuparte por el hombre. Es un antiguo hermano que ha elegido mal. Tú debes perturbarlo, afligirlo y doblegarlo, hasta los límites permitidos, como lo has hecho hasta ahora. Cuando hacía falta arruinar sus esperanzas, ridiculizar sus sacrificios, ensombrecer su vida o torturar su mente, acudía preferentemente a ti. Ahora te has reblandecido…

—Ocurre que encuentro algo honorable en él y su vida difícil… (Amaliel no podía apartar de su mente a Pablo y Eliza, aunque jamás los nombraría)

—Mira lo que llamamos el Orbe —dijo Rashiel mientras bajaba de su estrado y le colocaba una mano condescendiente sobre el hombro—. Mira ese frío planeta aprisionado en la vacuidad del espacio. Es un trozo de barro que gira disuelto en una gota de agua. ¡Qué gran plan! ¡El Hombre! Los logros que pudo haber tenido sólo sirven para iluminar mejor sus limitaciones. De no haber sido por nuestro hermano Lucifer, el hombre aún sería un jardinero innecesario que pretendería cultivar un jardín desprovisto de maleza, cuyas plantas crecerían bien sólo porque serían incapaces de crecer mal…

Amaliel no respondió.

—Ve a cumplir con tu deber, como siempre lo has hecho, o deberé reasignarte a un puesto en los quintos infiernos. No creo que te agrade. Quién ganará y quién perderá en el encuentro se definirá al final de los tiempos, pero mientras tanto debemos prolongar el juego. ¡El hombre! Me haces reír… —sentenció el Superior, mientras volvía a su lugar e intentaba enfrascarse en la papelería que se acumulaba—. Personalmente, me quedo con el pulpo que es tan inteligente como él y tiene más tacto…

La infernal risotada que acompañó a este último comentario quedó resonando en los oídos de Amaliel mientras se alejaba. Estaba en problemas.

 

No obstante, su eficacia en las asignaciones no mejoró, y estaba muy consciente de que pronto el superior Rashiel lo convocaría nuevamente a presentar un informe.

Siempre que podía, leía pasajes del Libro que instruían sobre el Hermano Mayor. Con el paso del tiempo supo que Pablo y Eliza esperaban un nuevo bebé y, aunque no debía, se alegró por ellos. Ya no era el que solía ser. Se había convertido en otra cosa…

Durante un amanecer en el sector del Orbe donde trabajaba, divisó entre los oponentes Hermanos de Luz a Ofaniel, Arcángel. Se fue acercando lentamente al Límite hasta que en su cabeza resonó una voz/pensamiento.

—¿Por qué vienes a mí, Hijo de la Desobediencia? Sabes que no puede haber trato entre nosotros

—Deseo recibir instrucción sobre las misiones del Hermano Mayor y obtener los beneficios de Su sangre derramada.

—Eso está fuera de tus capacidades y de las mías. Sería burlar los decretos sempiternos del Padre.

—¿Dónde está, pues, el arrepentimiento y la posibilidad de cambiar? ¿Es sólo un argumento engañoso para los que transitan el Orbe?

—Tú y tus compañeros de destierro están más allá de recibir esos beneficios, por los siglos de los siglos…

—¡Pero he leído en el Libro que Su sacrificio es universal!

—No sigamos más. Regresa a tus tareas como yo a las mías. Presentaré tu caso a mis consiervos, mas no guardes esperanzas. Si hay una respuesta, recibirás una inspiración personal y se abrirá un Portal de Encuentro para tu seguridad.

Y el intercambio mental había así finalizado.

 

Ahora, Amaliel se dirigía definitivamente a ese Portal con temor y reverencia. Una figura lo esperaba allí. ¡Era Gabriel, el de las Altas Potestades! No podía creer que su caso hubiese llegado hasta los últimos peldaños de lo que en el Orbe llamaban la Escala de Jacob.

El interior del Portal presentaba colores de turbadora exquisitez, creando un ambiente prodigioso donde altísimos pilares se desvanecían en un insondable éter transparente. Partículas elementales, esferas y astros orbitando desfilaban bajo una luz celeste. Todo era sublime, pleno de paz y serena tibieza.

Sobrecogido, intentó postrarse, avergonzado.

—Amaliel, Amaliel —la mano del Arcángel tocó su hombro y se sintió cálida—. Levántate. Soy sólo tu hermano y consiervo, aunque sirvamos a diferentes señores. ¿Qué es lo que deseas?

—Tú lo sabes bien. Traspasar el Límite y ayudar en el Plan del Padre.

—Eso va en contra de la Ley.

—¿Cuál es el lugar de la misericordia, entonces?

—Veo que has estado leyendo del Libro. Sabrás entonces que la misericordia no puede robar a la justicia.

Die Geisterwelt ist nicht verschlossen —citó rápidamente Amaliel a un sabio terreno en su idioma original.

—Sí —reconoció Gabriel, divertido—. El mundo de los espíritus no está cerrado. No has desperdiciado tus visitas al Orbe.

—Necesito una posibilidad de redención. Aunque tome los eones de los eones. Serviré a los siervos. Ayudaré en el subcoro de los Degalim. Lustraré las trompetas apocalípticas de Israfel. Trabajaré en los peldaños más bajos de la escala hasta mostrar ser digno de confianza. ¡Haré lo que sea necesario!…

—¡Basta, Amaliel! Cierra tus ojos y extiende tu mano derecha.

El desterrado sintió que su mente/corazón era traspasado por un poder inteligente superior. No quedó rincón de su espíritu que no fuese explorado.

Un suave tirón en su brazo. Una luz enceguecedora… Estaba del otro lado del Límite.

—Es poco usual, pero ha sido hecho antes —la voz de Gabriel se unió a su sonrisa—. De todos modos, ya no podías regresar con tus hermanos del Destierro. Ven, sígueme. No hay mucho tiempo. Debes cambiar tu ropaje.

 

Dos ángeles le ayudaron a colocarse una vestimenta de luz. Se dirigieron a un blanco y brillante edificio cuya silueta se dibujaba en la lejanía. En el trayecto pudo vislumbrar calles de oro, un mar de cristal, e infinidad de mensajeros cumpliendo diversas tareas. Todos estaban ocupados y parecían felices.

Amaliel se preguntaba sobre su ¿castigo/destino? cuando llegaron a las inmensas puertas. En el interior se iniciaba un túnel de luz que se oscurecía a medida que arribaba a su destino final: el Orbe. Sus fuerzas casi le abandonaron.

—No hay otro modo, Amaliel —percibió a Gabriel en su mente.

Se dejó conducir hacia el comienzo del conducto que lo absorbió prontamente. Mientras descendía hacia el Orbe con rapidez inusitada, supo que el universo estaba lleno de inexpresables armonías de las cuales él era una nota más que encajaba a la perfección.

Con visión borrosa, le pareció distinguir voces y rostros conocidos. De pronto, le llegó el Gran Olvido…

 

—Nuestro primer hijo —dijo Pablo.

—¡Es hermoso! —respondió Eliza.

—Le pondremos Pablo Amaliel.

—¿Amaliel? ¿Alguien se llama así en tu genealogía?

—No. Pero es nombre de ángel. Y, para nosotros, ciertamente lo será…
Se tomaron de la mano y admiraron con ternura al recién llegado.

 

 

Mario R. Montani (montaniflessia@yahoo.com.ar) vive en Bahía Blanca, Argentina. Ha estudiado Letras en la Universidad Nacional del Sur y su colección de relatos El Castillo Gris y otros cuentos fue publicado en 2009 por Editorial Dunken. Desde 2015 forma parte de La Cofradía de Letras Mormonas, un grupo que promueve la literatura entre los santos de los últimos días de habla hispana. También desarrolla su blog personal Mormosofia, un espacio para el diálogo sobre arte, teología y filosofía religiosa dentro del ámbito de la cultura mormona. Actualmente se desempeña como Director Multiestaca de Asuntos Públicos – Comunicaciones en el área de Bahía Blanca.