El pequeño niño se detuvo fascinado frente a la columna de vapor que emanaba incesantemente desde la obscura chimenea de la fábrica junto al muelle.
Blanco y revoltoso en la salida, el vapor se iba disolviendo poco a poco al subir y alejarse. Sin embargo, el día estaba nublado, y no se distinguía claramente dónde desaparecía el vapor y dónde empezaban las nubes.
Su joven padre se acercó sonriendo y le dijo al oído:
—¿Has visto que lindo? Allí es donde fabrican las nubes.
El niño lo miró crédulo, con una expresión de descubrimiento. Nunca había pensado en ello, pero ahora que lo veía, era evidente y claro.
—¿Y cómo las hacen?
—Bueno, con una gran máquina. Allí adentro de la fábrica, tienen una máquina para hacer nubes, y luego, por esa torre, las sueltan para que vayan volando al cielo.
—¿Y por qué las fabrican? —preguntó el niño.
—Para que llueva en lugares que son muy secos, o para que den sombra cuando hace mucho calor.
Las preguntas del niño parecían no tener fin.
—¿Y cómo hacen para mandarlas hasta esos lugares?
—Buenoooo, eso lo hace el viento… El viento lleva a las nubes hasta los lugares donde son necesarias.
—¿Y el viento, de dónde sale?
El padre se dio cuenta de que su graciosa ocurrencia se complicaba cada vez más, y sus conocimientos de climatología no eran tan extensos como para dar una respuesta certera a cada una de aquellas preguntas, ni tampoco su imaginación, y mucho menos su paciencia.
—¿Lo fabrican en otra fábrica? —sugirió el pequeño.
—Por supuesto hijo, en otra fábrica.
Continuaron su recorrido por las arboladas veredas que rodeaban la fábrica, pero el niño seguía mirando absorto aquella torre desde donde surgían, una tras otra, las nubes recién nacidas. Su mirada lo decía todo. Ningún libro o película podía reproducir lo que aquella mente infantil estaba imaginando.
Un operario que caminaba cerca de ellos, vestido con un mameluco azul oscuro y un casco amarillo sobre la cabeza, se sonrió cuando el niño, sin saludo previo ni inhibición alguna le preguntó:
—¿Es muy grande la máquina de hacer nubes?
El operario le sonrió y miró al padre junto al niño.
Éste, revoleó los ojos hacia arriba, como diciendo: «Bueno, una fábula no le hace mal a nadie».
El hombre se agachó un momento y allí en cuclillas, estando a la altura del niño, lo miró a los ojos:
—Mira, eso que sale de la chimenea es vapor, tal como las nubes son de vapor. Pero este vapor enseguida se disuelve.
—¿Disuelve? —preguntó el niño.
—Quiere decir que desaparece, se deshace en el aire. No se convierte en las nubes que ves en el cielo.
El niño adquirió una expresión de desilusión evidente, y el padre, una de fastidio.
—Sin embargo —retomó el operario con deseos de redimirse— conozco el lugar donde sí se fabrican las nubes, las verdaderas nubes del cielo.
—¿En serio? —dijo el niño con renovadas esperanzas.
—Si, pero es un lugar alejado. Hay una gran construcción blanca, muy antigua, con una torre muy, muy alta. Está en una isla de la bahía, pero solo se puede llegar en barco hasta allí.
El padre lo miró, ahora con cara de complicidad y un dejo de perdón.
El niño le sonrió al operario y luego a su papá, mientras se alejaban de la fábrica.
—¿Viste papá? Ese señor dijo que ahí no está la máquina de hacer nubes, pero en la isla de la bahía es donde las fabrican. ¿Un día podemos ir en barco a esa isla?
—Sí, hijito, un día vamos a ir.
El tiempo transcurrió, y aquel episodio de la infancia se convirtió en un recuerdo. El niño se volvió un joven, y pronto, un hombre. Estudió, trabajó como bibliotecario muchos años y formó una pequeña familia integrada por su esposa y él, ya que nunca fueron bendecidos con hijos.
Y así como las nubes pasan velozmente surcando los cielos, pasó la vida de aquel niño.
Su mente aprendió cosas, pero olvidó otras. Sin embargo, en algún rincón, aquel día en la fábrica junto a su padre permanecía casi intacto. También las palabras del desconocido trabajador que le había contado sobre la isla.
Una mañana de verano en que el cielo estaba muy limpio y turquesa, con sus ochenta años recién cumplidos, el niño tomó un autobús hasta el puerto. Pasó caminando lentamente junto a la vieja fábrica de fertilizante, ahora abandonada y derruida. Siguió hasta el muelle, donde algunos coloridos veleros descansaban amarrados. Más allá, unos pocos pesqueros artesanales deambulaban por las aguas de la bahía. No era un muelle que hubiera cambiado mucho, a pesar de los años transcurridos. Compró un boleto de barco, hasta la pequeña isla que se encontraba en la bahía, a unos cuantos kilómetros de la costa.
Durante los últimos días, especialmente después de quedar viudo, había recordado vívidamente las palabras de aquel operario de su niñez: «Una gran construcción blanca, muy antigua, con una torre muy, muy alta».
El anciano subió a la modesta embarcación pintada de rojo que otrora fuera un pesquero y que ahora servía de transporte de distancias cortas, y observó inmutable el muelle que se alejaba. El alto faro y las ríspidas rocas que se reflejaban con precisión en el agua tranquila parecían una postal de alguna costa mediterránea.
Caminó tranquilamente hasta la proa y cerró los ojos mientras el viento marino le acariciaba la cara y le desordenaba los blancos cabellos.
Las gaviotas cercanas, cantaban sus tradicionales canciones marineras, sobrevolando la embarcación.
Tras un breve momento de serena navegación, se vislumbró en la línea del horizonte la pequeña isla verde. Efectivamente, ya desde lejos, el niño… el anciano, logró ver la blanca torre insular que sobresalía entre las copas de los frondosos árboles.
Su estilo parecía muy antiguo, construido por alguna civilización ancestral, pero a medida que se acercaban, el anciano notó que no estaba deteriorada en absoluto. Arriba, enormes castillos voladores de blancos cúmulos flotaban sobre aquella isla, contrastando con el cielo azul.
El anciano descendió del pequeño catamarán y caminó por una pulcra vereda bien plantada a cada lado de flores pequeñas amarillas y blancas. El muelle quedó atrás, y el pequeño poblado que circundaba la blanca e imponente construcción lo rodeó de pronto. Aún se oían las gaviotas que parecían decir adiós a lo lejos.
Unas pocas personas caminaban aquí y allá por las callejuelas ascendentes. Algunos, al verlo pasar, lo saludaban cordialmente.
Finalmente, caminó por un largo sendero de piedras que atravesaba el parque que rodeaba la blanca torre.
Sus recuerdos eran cada vez más nítidos, y aquello de lo que por años dudó, parecía ahora una realidad evidente y tangible.
Al llegar a la enorme puerta de entrada, un jardinero lo saludó con una sonrisa. No parecía muy viejo, pero su rostro le resultó familiar, y a pesar de que él ya había llegado a sus ochenta, lo saludó:
—Hola, niño, ¿cómo estás?
El anciano se quedó de pie un momento, tratando de comprender lo que pasaba… Dirigió nuevamente la mirada hacia la puerta de entrada y leyó una inscripción en la áspera roca blanca del dintel: «Lugar de Santidad».
Cruzó la pesada puerta que se cerró tras él suavemente y avanzó sobre la inmaculada alfombra con sus pasos lentos pero firmes.
En la recepción encontró a alguien que estaba de espaldas. Vestía de blanco y poseía un porte particularmente erguido.
—Disculpe, señor —dijo, tragando saliva—. ¿Es usted el fabricante de nubes?
El recepcionista se dio vuelta y le sonrió cálidamente, mientras sus ojos se reunían con los del niño de ochenta años como si fuera en un abrazo.
—Yo Soy.
Maximiliano Martínez
nació en
Bahía Blanca,
Argentina.
