La batalla

En la luz incierta de un atardecer, los dos oficiales se encontraron.

—¿Cómo van tus cosas en el campo de batalla? —inquirió el de la insignia roja.

—Bastante bien. Como sabes, nuestro batallón opera en el ámbito de las comunicaciones, y allí tenemos un dominio casi completo. Hemos creado confusión y desvirtuado algunos avances del enemigo —explicó el de la insignia amarilla.

—Lo nuestro es más bien el combate cuerpo a cuerpo. Si bien los superamos en número y creo que también en estrategia, sus pocas fuerzas se las han ingeniado para no permitirnos avanzar al ritmo que deseábamos.

—¿Qué hay de esos puestos de avanzada que están creando los oponentes?

—Es verdad. Al principio no nos preocupaban, pero comienzan a multiplicarse, y serán un problema en el corto plazo. Son verdaderas fortalezas muy protegidas. Allí ingresan sus soldados con el objeto de reponerse y alejar sus mentes de la batalla para luego salir con fuerzas renovadas a seguir peleando. No sabemos qué ocurre en su interior pues no logramos infiltrarnos, aunque lo hemos intentado. Pero si siguen aumentando, terminarán por cercarnos, y deberemos evitarlo a toda costa.

—Seguramente nuestro Comandante Supremo está ideando alguna sorpresa. Nunca le han faltado recursos. Por algo ha convocado a los generales y al resto de los oficiales a esta reunión. Mañana deberemos retornar a nuestros puestos de lucha.

—Sí, tenemos la ventaja de conocer los planes del enemigo de antemano. Ellos sólo deducen los nuestros por las acciones que tomamos. En ese sentido siempre han sido un poco ingenuos…

—Creo que ya es hora de que nos reunamos con los generales en el salón de conferencias.

Hacia allí partieron los dos, compartiendo anécdotas de la ya larga guerra y riéndose de la ineficacia de sus enemigos. Se reunieron con una hueste de altos oficiales que departían relajadamente. Las luces se atenuaron y todos se fueron sentando frente a una gigantesca pantalla.

—¿Realmente no sabrán que los estamos viendo y que escuchamos sus planes? —susurró el de la insignia roja a su compañero.

—He llegado a la conclusión de que en verdad no les importa. Como decíamos, hay cierto candor y candidez en sus operaciones para los que no encuentro explicación.

La pantalla se encendió. Casi como si fuese un espejo, vieron a una multitud de sus enemigos reunidos, al igual que ellos, esperando recibir información para sus planes de batalla. Su líder, el representante del propio Comandante Supremo adversario, se preparó para dar las novedades. Era un anciano centenario con dificultades para movilizarse. Los observadores cruzaron entre sí miradas de desprecio y regocijo interior al verlo…

«Hoy anunciamos planes para construir templos en cada una de estas quince localidades: Reynosa, México; Chorrillos, Perú; Rivera, Uruguay; Campo Grande, Brasil; Oporto, Portugal; Uyo, Nigeria; San José del Monte, Filipinas; Numea, Nueva Caledonia; Liverpool, Australia; Caldwell, Idaho; Flagstaff, Arizona; Rapid City, Dakota del Sur; Greenville, Carolina del Sur; Norfolk, Virginia; Spanish Fork, Utah…»

Y, a medida que la lista avanzaba, las miradas de desprecio se fueron disipando, y las sonrisas de satisfacción desdibujándose, para dar paso a una seria preocupación…

 

Mario Montani
(montaniflessia@yahoo.com.ar)
vive en Bahía Blanca,
Argentina.

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